Texto para comentario literario I


Nuevamente intervino don Felipe:
—Y eso que ustedes no deben quejarse; viven aquí como en plena Edad Media.
Suspiró el señor Lesmes. Tampoco le disgustaba tocar ese tema.
—No vaya usted tan lejos. Aquí se percibe mejor que en ninguna otra parte el rapto de nuestros valores espirituales por la civilización. Tal vez porque hasta las piedras encierran estos valores. Yo, por muchas vueltas que le dé, siempre acabo imaginándome la civilización como una máquina que, como cualquier parásito, va chupando a nuestros espíritus las mejores substancias para convertirlas en automóviles, aerostatos, cinematógrafos y otros extraños aparatos que constituye la monumentalidad del más puro materialismo. En resumidas cuentas, en virtud de la civilización, el espíritu deviene materia prima para ser transformado en productos de una utilidad exclusivamente corporal.
Aquello empezaba a ponerse pedante, fatuo y aburrido. Me miró Alfredo y me guiñó un ojo. Conocía la contraseña y dejé caer al suelo un tenedor. Bastó este leve cataclismo para que doña Gregoria advirtiese nuestra presencia, interrumpiese la tertulia para mandarnos a nuestra habitación y nos liberase, con ello, del sopor y la atonía de aquella conversación tan poco interesante. Sospecho que la caída del tenedor sirvió también de disculpa a doña Servanda para dormirse. Creo más: don Felipe supo igualmente aprovecharse de la confusión originada para huir del tema que no aparentaba tampoco divertirle demasiado. La cajita de música de doña Gregoria dejó oír sus notas a los diez minutos escasos de habernos retirado Alfredo y yo. Esto me demostró que la reunión estaba completamente desarticulada. Me sentí orgulloso de la buena obra que con tanto éxito acababa de realizar. 

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