Texto para el comentario literario III


En Villar del Duque, el alcalde, un usurero ricachón con mucha gramática parda, salvó la vida declarándose conforme con el reparto de bienes. Caído en poder de los revoltosos, cuando a lomos de un asno se fugaba con disfraz de melero, fue arrastrado hasta la Casa Consistorial: Entre pitos y befas, a empellones, siempre en un cerco de roncos y estentóreos amotinados, salió al balcón:
—¡Ea, caballeros, haremos el reparto, y no se hable más cosa ninguna! A lo que sea de razón no ha de negarse vuestro alcalde.
Se arrancó una curda:
—¡Eso es canela!
El alcalde le descubrió entre los amotinados bajo el laurel de una taberna: Era un viejo cañí, esquilador de oficio, con ribetes de cuatrero. Le cayó encima el alguacil, que aún llevaba en el quepis las telarañas del desván donde se había ocultado:
—¡Cállate la boca y no metas el corvejón! Esto es muy serio.
El alcalde se enjugaba el sudor:
—¿Un botijo, no tenéis a mano?
Otra voz oficiosa:
—¡Mejor una limoná si está acalorado!
Un malasangre:
—¡Qué reviente!
Sorna del señor alcalde:
—¿Y quién os hace la partijuela? Yo no os la hago sin refrescarme el gaznate.
Por encima de las cabezas, de mano en mano, volaba la pintada botija de Andújar. El alcalde, luego de beber largo y despacio, la posó a su lado, en el arrimo del balconaje:
—¡Vamos allá! Para mis luces, antes de adelantar paso ninguno, todos los presentes os habéis de disponer en tres bandos: Los que tengan más de una yunta: Los que no pasen de la pareja, y los pelanas.
Un tío lagartón:
—Baje su merced a ponerse en el bando que le corresponde.
Un disidente:
—Lo primero es el reparto de las tierras.
Otro:
—Y de yuntas.
Un pelanas:
—Conmigo no reza.
El alcalde:
—Donde que no haya avenencia, nombráis una comisión de vuestro seno para que se atienda con mi autoridad.
Un terne:
—No hay autoridad.
Otras voces:
—¡Abajo los Consumos!
Un violento:
—¡Haremos de degollina!
El alcalde:
—¡El que tenga dos parejas dará una!


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